
Hace 15 años tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida profesional: dejar todo para perseguir un sueño.
Y cuando digo todo, era realmente todo.
Dejé una posición ejecutiva, una jerarquía que había construido durante años, estabilidad económica, un buen sueldo, relaciones profesionales, reconocimiento y, sobre todo, la seguridad que representa saber que cada quincena habrá un depósito en tu cuenta.
De un día para otro, dejé de ser el ejecutivo al que muchos buscaban.
Ya no tenía una oficina importante.
Ya no tenía una estructura detrás de mí.
Ya no tenía una tarjeta de presentación respaldada por el nombre de una organización.
Estaba fuera.
Y entonces descubrí algo que pocas veces nos cuentan sobre el emprendimiento:
cuando dejas una posición importante, también descubres qué parte del reconocimiento era realmente tuyo y qué parte pertenecía al puesto que ocupabas.
Fue una gran lección.
Emprender comienza cuando desaparece la seguridad
Desde fuera, emprender suele verse romántico.
“Persigue tus sueños.”
“Sé tu propio jefe.”
“Haz lo que amas.”
“Construye tu propio destino.”
Suena maravilloso.
Pero existe otra cara.
Emprender significa despertarte algunos días preguntándote si tomaste la decisión correcta.
Significa descubrir que el teléfono que antes sonaba constantemente puede dejar de sonar.
Significa entender que los contactos no necesariamente se convierten en clientes.
Significa pasar de administrar presupuestos empresariales a cuidar cada peso de tu propio negocio.
Significa aprender a vender.
Cobrar.
Negociar.
Administrar.
Crear.
Equivocarte.
Levantarte.
Y volver a comenzar.
Emprender no solamente pone a prueba tu conocimiento. Pone a prueba tu carácter.
Dejar una posición también significa dejar una identidad
Durante muchos años mi identidad profesional estuvo ligada al mundo corporativo.
Había construido experiencia, responsabilidades, posiciones ejecutivas y relaciones dentro de la industria.
Pero cuando decidí dar el salto descubrí algo fundamental:
el puesto que ocupamos no somos nosotros.
El título desaparece.
La oficina desaparece.
La jerarquía desaparece.
La organización continúa funcionando.
Y entonces quedas tú.
Tu conocimiento.
Tu reputación.
Tu capacidad.
Tus valores.
Tu disciplina.
Y tus sueños.
Ahí comienza verdaderamente la prueba.
Yo tenía algo mucho más poderoso que un puesto
Tenía conocimiento acumulado.
Tenía experiencia.
Tenía historias.
Había vivido durante años las finanzas, la operación, los hoteles, los restaurantes y la dirección empresarial.
Y tenía algo que desde hacía tiempo me apasionaba:
compartir conocimiento.
Quería escribir.
Quería enseñar.
Quería desarrollar modelos de negocio.
Quería ayudar a otros ejecutivos a comprender las finanzas de una manera sencilla.
Quería entrar a un salón de clases.
Quería subir a un escenario.
Quería construir una empresa de consultoría.
En aquel momento muchas de esas cosas solamente eran proyectos.
Eran sueños sin garantía alguna de convertirse en realidad.
Pero decidí intentarlo.
Así comenzó una nueva vida profesional
Poco a poco fui entendiendo que no estaba abandonando mi carrera.
Estaba construyendo una nueva.
Comenzó la consultoría.
Llegaron los primeros proyectos.
Después otros.
Comencé a impartir clases.
Posteriormente llegaron las conferencias.
También apareció una de mis grandes pasiones: escribir.
Lo que durante años había aprendido dentro de las organizaciones comenzó a convertirse en artículos, materiales académicos, metodologías, cursos y finalmente libros.
Entonces comprendí algo extraordinario:
el conocimiento solamente adquiere su verdadero valor cuando somos capaces de compartirlo y ayudar a alguien más con él.
El ejecutivo comenzó a transformarse en consultor.
El especialista financiero comenzó a convertirse en catedrático.
El hombre acostumbrado a las juntas corporativas comenzó a subir a escenarios frente a cientos de personas.
Y aquellas ideas que alguna vez estuvieron solamente en mi cabeza terminaron impresas en libros.
Nada ocurrió de inmediato.
Nada fue automático.
Nada estuvo garantizado.
El emprendimiento también tiene días difíciles
Sería irresponsable contar solamente la parte bonita.
Hubo incertidumbre.
Hubo proyectos que no llegaron.
Hubo clientes que dijeron que no.
Hubo propuestas que nunca fueron contestadas.
Hubo momentos en los que seguramente habría sido más cómodo regresar a la seguridad de una posición ejecutiva.
Porque cuando eres empleado de una organización, alguien más construyó buena parte de la infraestructura que te permite trabajar.
Cuando eres emprendedor, tú tienes que construir la infraestructura, generar las oportunidades y además producir los resultados.
No hay organigrama que te proteja.
No existe un puesto que garantice autoridad.
El mercado se convierte en tu verdadero evaluador.
Y el mercado tiene una pregunta muy sencilla:
¿qué valor eres capaz de generar?
Los contactos ayudan. La reputación sostiene.
Otra gran lección fue entender la diferencia entre tener contactos y construir relaciones.
Cuando ocupamos posiciones importantes conocemos muchísimas personas.
Pero cuando salimos de esas posiciones descubrimos cuáles relaciones estaban vinculadas al cargo y cuáles estaban vinculadas a nuestra persona.
Por eso, después de tantos años, estoy convencido de que uno de los activos más importantes de cualquier profesional es su reputación.
El conocimiento abre puertas.
Las relaciones generan oportunidades.
Pero la reputación decide cuánto tiempo permanecerán abiertas esas puertas.
Y una reputación tarda años en construirse.
También aprendí que emprender no significa trabajar menos
Existe la idea de que emprender significa libertad absoluta.
En realidad, al principio ocurre exactamente lo contrario.
Uno se convierte simultáneamente en director general, vendedor, administrador, cobrador, mercadólogo, creador de contenidos y responsable del servicio.
Pero existe una diferencia enorme:
cada esfuerzo está construyendo algo propio.
Una marca.
Una metodología.
Una empresa.
Una reputación.
Un patrimonio intelectual.
Un legado.
Quince años después…
Cuando observo aquel momento desde la distancia, entiendo perfectamente el miedo que sentía.
Pero también comprendo que probablemente necesitaba sentirlo.
Porque si una decisión no implica ningún riesgo, difícilmente puede llamarse un gran salto.
Hoy puedo mirar atrás y reconocer que muchas cosas que alguna vez fueron solamente sueños terminaron formando parte de mi vida profesional:
escribir, enseñar, asesorar empresas, desarrollar modelos de negocio y compartir experiencias desde un escenario.
Y quizá esa sea una de las mayores recompensas de emprender.
No solamente construir una empresa.
Construir una vida profesional que tenga sentido para ti.
Pero hay algo que jamás debemos romantizar
No recomiendo abandonar irresponsablemente un empleo simplemente porque alguien diga que debemos “seguir nuestros sueños”.
Un sueño necesita mucho más que entusiasmo.
Necesita experiencia.
Preparación.
Disciplina.
Capital.
Planeación.
Mercado.
Una propuesta de valor.
Capacidad comercial.
Administración.
Y una enorme resistencia emocional.
El sueño inspira. El modelo de negocio lo mantiene vivo.
Esta diferencia es fundamental.
Porque emprender sin números puede convertirse rápidamente en una pesadilla financiera.

La pasión inicia muchos negocios.
Pero son el flujo de efectivo, la rentabilidad, la estrategia y la disciplina los que permiten que sobrevivan.
Si hoy estás pensando en dar ese salto…
Hazte algunas preguntas:
¿Existe realmente un mercado para lo que quiero hacer?
¿Qué problema voy a resolver?
¿Por qué alguien debería pagarme?
¿Cuánto tiempo puedo sobrevivir financieramente mientras el negocio despega?
¿Cuál será mi diferenciador?
¿Qué conocimientos necesito fortalecer?
¿Estoy dispuesto a vender?
¿Estoy dispuesto a comenzar nuevamente desde abajo?
Y quizá la pregunta más importante:
¿quiero escapar de mi trabajo actual o realmente quiero construir algo?
Porque son motivaciones completamente diferentes.
Mi gran aprendizaje
Después de estos años he llegado a una conclusión:
el verdadero riesgo no siempre está en dejar una posición segura.
Algunas veces el mayor riesgo consiste en permanecer durante años en un lugar sabiendo que existe un sueño que nunca nos atrevimos a intentar.
Yo decidí intentarlo.
Tuve miedo.
Tuve incertidumbre.
Tuve que comenzar otra vez.
Pero aquel día en que dejé de ser un ejecutivo con una jerarquía importante también comenzó algo mucho más grande.
Comenzó el consultor.
Comenzó el catedrático.
Comenzó el conferencista.
Comenzó el escritor.
Comenzó una nueva versión de mí mismo.
Y quince años después sigo teniendo sueños.
Porque quizá emprender nunca consiste en llegar.
Consiste en continuar construyendo.

Una reflexión final
“Un día dejé la seguridad de un gran puesto para perseguir algo que solamente existía en mi mente. Con los años entendí que los sueños no se cumplen por abandonar el miedo, sino por aprender a avanzar a pesar de él.”
Luis Manuel Rivera
Consultor · Catedrático · Conferencista · Escritor
http://www.luismanuelrivera.com